El capote

Cuando Don Luis Emilio Cid entró a la oficina, el Sr. Macerda estaba detrás de su escritorio, inclinado sobre una pila de documentos. Era un español de 40 años, célebre por su mal genio, y quien compensaba su pequeña estatura con unas grandes gafas bifocales. Don Luis se quedó parado sosteniendo un bulto de herramientas en las manos. Esperaba que su jefe levantara la cabeza del fardo de papeles. Había un aire soldadesco, franquista, en el español. Sacó una lista con el nombre de Don Luis e hizo una seña para que le pasara el bulto. Don Luis estaba nervioso, pero disimulaba fingiendo buen ánimo.

La empresa española AGROMAN llevaba tres años en la construcción de la Presa López-Angostura, en Santiago. Los puestos claves lo ocupaban, siempre sucede, técnicos de España.

A pocos meses antes de concluir los trabajos, se distribuyeron impermeables a los trabajadores, los cuales se agregaron a otros instrumentos que la compañía facilitaba al personal. Pero al final había que devolverlos, so pena de que AGROMAN se quedara con las prestaciones laborales.

De hecho, cuando alguien pedía cambiar una de sus herramientas, debía entregar la adjudicada previamente. Sólo entonces procedía el cambio.

Los capotes, sin embargo, eran prendas que se dañaban con relativa facilidad y había que reemplazarlos periódicamente. La empresa, intolerante con el absentismo laboral, repartía los impermeables para que nadie contara el cuento de que no llegó al trabajo a causa de la lluvia.

El problema de Don Luis Emilio Cid, mi padre, fue que se había prendido de su capote, como ocurre en esas historias de amores contrariados. Se pasaba los días cabizbajo, pensativo, ausente. Buscaba una salida a la situación, sin tener que desprenderse de su prenda. Era algo que le envenenaba la vida. Ni siquiera la inminente cesantía le preocupaba.

Amar a una mujer es fácil, pero caer hechizado por un impermeable amarillo, no tiene comparación; ni en esta vida ni en la otra.

El día fatal, total, había llegado. El desánimo de Don Luis no desmayó ni un solo ápice. Caminaba sin ganas, maquinalmente, con las herramientas a cuestas, directo a la oficina del Sr. Macerda. Desde el fondo de su corazón deseaba que ocurriera un milagro, que sobreviniera un terremoto; que se desprendiera un rayo. Algo que hiciera que el “españolito refunfuñón”, hijo de la “Madre Patria”, olvidara las cosas. El capote, por ejemplo.

Nada de ello ocurrió, salvo un golpe preciso de suerte. Casi al llegar a donde Macerda, encontró a un compañero de trabajo, quien remolcaba una carretilla repleta de capotes. El viejo Cid lo saludó con inusitada simpatía.

–¿A dónde llevas esas capotas, mi buen amigo?—, le preguntó.

–Me mandaron a botarlas, Don.

–¿Puedo coger una?

–¡Todas las que quieras!–. El carretillero mantenía la carretilla sujeta por los dos mangos, al tiempo que ponía la boca como un pez, apuntando en dirección al montón de capotes usados.

Los ojos de Don Luis de pronto se iluminaron cual bombillo de 100 voltios después de un apagón. Aristóteles decía que la suerte es una gracia divina, que uno sabe cuando la tiene, pero nunca sabe cuando termina.

Don Luis no perdió entonces tiempo y se abalanzó a la carretilla. Abrió uno, dos, tres capotes y seleccionó el más deteriorado. Lo dobló con sumo cuidado y guardó el que él debía entregar a Macerda.

De modo que el Sr. Macerda comenzó a sacar una a una las piezas, las examinaba, y luego las iba marcando en la lista. El martillo, visto bueno; el Nivel, bien; la Plana, perfecta; etc. Pero cuando llegó a la capa, la observó con actitud sospechosa. La fue desdoblando, despacito, pliegue a pliegue. No podía creer que un impermeable podría permeabilizarse tanto, en tan poco tiempo. Entonces levantó la cabeza y miró al viejo:

–¡Hostia! ¡Pero usted sí que deterioró rápido esta capa!

— ¿Y qué usted quería? ¿¡Que se la entregara buenesininga!?

Mucho tiempo después, Don Luis falleció a los 90 años de edad. Cuando mis hermanos y yo revisamos sus pertenencias, el capote estaba ahí. Reluciente. Intacto.