El concho

 

¿Quien que viva en Santo Domingo o Santiago de los Caballeros no se ha transportado en un carro de concho?

El carro de concho es un medio de transporte muy peculiar. El auto, en primer lugar, debe estar vuelto una chatarra. “No es rentable “conchar” con carros nuevos.”

Los dos asientos delanteros están vestidos con polo-shirt de tela gruesa y ajada, bien manchados con grasa quemada. Es normal que en los  bordes le sobresalgan alambres de acero, de los que amortiguan el movimiento.

En la ventana izquierda, donde está el chofer y el centro de control del vehículo, es habitual colocar un trozo de cartón. Cartón que funciona como parasol y evita la exposición directa de los rayos del sol sobre el sufrido obrero de las gomas y el volante. Algo que sirve para proteger el conductor de la insolación.

Las paradas abruptas e improvisadas en las esquinas más concurridas, los pésimos estacionamientos y, en general, el manejo temerario, es la pauta cotidiana del chofer de concho.  Esa práctica, esa ley consuetudinaria, sirve para entorpecer el libre desplazamiento de sus propios colegas y de los vehículos privados, en franca violación de las leyes de tránsito.

Los pasajeros, por su parte, van como sardinas enlatadas. El chofer los trata como si estuviera haciéndole un favor, nunca como a un cliente. De modo que si a alguno se le ocurre reclamar el respeto debido, de inmediato, sin dar chance al propietario del carro, otro pasajero expresa, “¡si usted quiere ir cómodo pague un taxi!”

En los inicios del siglo XX, se construyó una vía férrea desde Puerto Plata hasta la ciudad de Santo Domingo. El objetivo del tren consistía en transportar las mercancías agrícolas producidas en el Cibao, hacia la gran urbe capitalina. Hoy, de los vagones y la máquina de carbón, solo quedan las ruinas.

Es historia patria que los gobiernos de turno se empeñan en establecer líneas de transporte colectivo, adquieren en ¿concurso público? flotillas de autobuses (guaguas). De seguro que por su memoria  estarán pasando ahora las Banderitas de Balaguer, las Onatrate de Jorge Blanco, las OMSA de Leonel y Danilo: proyectos fracasados sin excepción. ¿Por qué?

Acaso no mueve a sospecha, el hecho de que estas iniciativas modernistas inician su deterioro estrepitoso al final del mismo gobierno que las estableció y defendió con vehemencia.

Bajo ninguna circunstancia quiero descargar toda la responsabilidad en las gestiones periódicas de gobierno, sin duda, a estos les corresponde la mayor cuota. Creo prudente resaltar el sabotaje de las empresas transportistas con sello de sindicatos; el descuido voluntario de los funcionarios designados para dirigir los proyectos.

De su lado, los ciudadanos y ciudadanas, principales beneficiarios tienen un escaso sentido de propiedad “empoderamiento”,  “eso es del gobierno” afirman en tono de desprecio. La clientela para las guaguas es irrisoria “yo no monto en guagua, eso es para pobres” dicen.

El gobierno por su parte, se resiste a asumir una decisión firme, con criterio profesional y regulación clara, que castigue a quien lo violente. La medida debe implicar un sistema de educación para el uso eficiente del servicio, que incluya a usuarios y operadores, donde cada parte se sienta dueña de su guagua.

Frescos están los conflictos generados entre los “sindicatos” con el Metro de Santo Domingo, por el establecimiento de las rutas alternas al Metro. Sin que se piense que es del todo correcto, la decisión del gobierno ha sido clave para mantener viva la primera y segunda línea que ya están operando.

La gente se acostumbra al Metro, ¿es posible acontezca lo propio con las guaguas?