Socióloga y analista política. Profesora de sociología en Temple University, Filadelfia, donde también fue directora del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Departamento de Sociología.

La delincuencia azota y el poder enloquece

Fuera de sus familiares, amigos, colegas y estudiantes, nadie en este país conoce la profesora vilmente asesinada hace varias semanas por un grupo de jóvenes delincuentes armados para robar un celular. Fue noticia, como han sido noticia otros casos de personas asesinadas en las calles por ladrones, que pudiendo escapar con el objeto robado, decidieron también matar a sus víctimas. La notoriedad es la tragedia, y son víctimas olvidadas rápidamente, excepto por sus seres queridos.

Pero no olvidemos esos muertos. Ellos representan el drama de violencia e inseguridad que vive este país. Aquí nos hemos acostumbrado a tomar todo a la ligera, como si la vida no importara, como si el robo no fuera un delito, como si el insulto fuera la forma adecuada de comunicación en la casa, en la calle o el radio.

Hay un estado de violencia generalizado porque quienes deben poner orden no lo ponen, porque la Policía es un nido de corrupción y abusos, el sistema de justicia una marrulla, los empresarios explotadores, los políticos orquestan y justifican el robo, los medios de comunicación hacen circo, y la ciudadanía no acumula fuerzas.

Que estoy generalizando, lo sé. Que estoy exagerando, quizás. Pero las instituciones en este país funcionan mal, y eso contamina todo. Una manzana podrida daña toda una canasta.

Aquí se propaga una cultura de que los fines justifican los medios, y a veces los fines y los medios son horrendos (ejemplo, matar para robar); la mentira resuena por doquier, cada quien anda buscándosela como pueda. Es una sociedad de arbitrariedades, imprudencias y descaros. Nos hemos vuelto burdos, insensibles, y hasta crueles.

El gobierno observa la degradación social y no toma medidas contundentes para enfrentar los problemas. Ya cansa que hablen de reforma policial que no concretan; de segunda ola de reformas al sistema judicial; ver el Congreso degradado en su función de cómplice. Hastía la corrupción (OISOE, varios jueces, fiscales, o una planta secreta); que los partidos se apedreen en pleitos por candidaturas, que se ataquen unos contra otros, como si el insulto fuera manera de mejorar este país.

La profesora con su criatura en el vientre murió casi instantáneamente. También murió Vanessa hace 10 años en una calle de Santiago, y todo este tiempo no ha servido de nada. Hay más violencia y un desenfreno sacude el país.

Disparar se ha convertido en una diversión, en un ejercicio de encono, en una muestra de poder. Este mismo año 2016 comenzó con varios feminicidios. Ahí no bajan las estadísticas. Andamos todos al acecho para asaltar o no ser asaltados.

Cuando la convivencia se degrada, no hay desarrollo económico que valga. Perdemos todos. El espacio se hace invivible.

Ahora entramos en un período electoral donde la irresponsabilidad reina, porque en el cuadrilátero de lucha, lo que importa es ganar con cualquier patraña. El gobierno dirá que hizo lo que debió hacer y no hizo, y la oposición que hará lo que nunca ha hecho ni hará. Será un dime y te diré, mentiras por doquier; un circo para entretener a una sociedad que necesita soluciones reales a sus problemas; no promesas huecas, no palabras vacías.

Rodará el dinero, nos inundarán caras adornadas de falsedad en carteles publicitarios, y abundarán los enfrentamientos. Mientras tanto, seguirán los asesinatos, los robos, y los feminicidios de machismo enloquecido. En el ánimo ardiente de política electoral, esperemos más violencia y más tragedias.
Porque ¡ah! la política partidaria parece ser el maná del cielo. Es lucha a muerte. El poder enloquece.